miércoles, diciembre 18, 2013
viernes, junio 21, 2013
Cine y Literatura. Encuentro de clubes de lectura juveniles
Proyecto piloto llevado a cabo durante el mes de mayo por Gemma del Rosario Quintana, animadora sociocultural y usuaria de la Biblioteca Insular, como parte del trabajo final del curso, "El animador y la animación..." organizado por la Universidad de Educación a Distancia (UNED).
lunes, mayo 27, 2013
miércoles, mayo 22, 2013
lunes, abril 29, 2013
lunes, abril 15, 2013
Que suenen las olas/ Colección de relatos
viernes, abril 05, 2013
¿Coetzee?

Verano no es un libro sobre John Coetzee. De serlo, no hubiera podido escribirse. El propio Coetzee lo advierte todo el tiempo. El libro entero está recorrido por una ironía sutil, construido sobre la apariencia de un retrato del autor a cargo de terceros; ese trampantojo es justo el mayor mérito del libro, la cualidad que lo distingue como novela y como obra de arte. La confesión mayor que pudiera desprenderse de su historia no está contenida en lo que Coetzee hace decir a sus personajes, ni en las que hace pasar por sus propias notas, sino en todo caso en eso otro que queda oculto, no dicho, y, de forma complementaria, en la propia manera de ocultarlo (esto es, en cómo el autor cuenta su historia). Si hubiera dudas -que no las hay- en cuanto a la cualidad de artista del autor de Verano, quedan disipadas al instante cuando tomamos consciencia del mecanismo íntimo de su novela. Hay que haber traspasado esa frontera que significa para los autores mediocres el impuesto debido a un ego pertinaz, esa ceguera que incapacita a la gran mayoría para atreverse a pronunciar el propio nombre, a poner en juego su reputación, para construir un personaje a partir de la propia experiencia. Coetzee va un paso más allá: interroga a otros (personajes, también) acerca de su yo novelesco. Lo que es rizar el rizo. Construye así una escena compleja a partir de una idea sencilla. Hace lo que se ha hecho toda la vida (Henry Miller, Marcel Proust, Walt Whitman...) pero trata de volar algo más lejos. Y lo consigue.
John Coetzee, misógino, misántropo, poeta. El auténtico
desastre social, la piedra en el zapato, el "célibataire",
el impedido. Imagino a más de una mujer revolviéndose en su asiento mientras
leía la novela, confundida en la inercia inevitable de la ficción con Sophie,
Adriana, Margot o Julia, quizá compadecidas del
autor del libro. Habrá quien haya sentido deseos de peinar a Coetzee, de
darle de comer, de atarle los zapatos, ¡de casarse con él para cambiarlo! En
cualquiera de los casos, se trataría de un éxito de la novela construida, de un
teatro de doscientas cincuenta y cinco páginas con John Coetzee, autor, como
director de escena. Pero, ¿no hay nada de Coetzee en el John de la novela?, se
resiste la pelirroja del asiento del fondo. Desde luego. La novela entera es John Maxwell Coetzee, por encima (e
incluso por debajo) de la intención del autor. Pero las razones de semejanza
son otras, bastante más oblicuas, que el azar de la mera coincidencia en los
hechos. Yerra quien busca al autor únicamente en lo que el autor muestra. Toda
la novela está animada por un aliento, sostenida por un estilo, un cierto
ritmo, y construida a partir de exposiciones tanto como de omisiones (que son
siempre más definitivas). Deducir a Coetzee a partir del personaje homónimo es
esfuerzo vano. Lo que queda para el disfrute es un libro, una novela. Cualquier parecido con la realidad es pura
coincidencia.
O no.
De todas formas, ¿a quién le importa?
lunes, abril 01, 2013
miércoles, marzo 27, 2013
martes, marzo 19, 2013
jueves, marzo 07, 2013
CINE-FORUM- Cosmópolis de David Cronenberg
Un multimillonario, tiburón financiero de 28 años, decide cortarse el pelo al otro lado de la ciudad de New York. Durante el trayecto surgen una serie de acontecimientos que ralentiza, y de qué manera, la llegada a la barbería. La Limusina Blanca en el que va, símbolo del capitalismo galopante, es el bunker que lo protege de los embates sociales de una sociedad futurista en la forma, pero sin futuro en el fondo. El interior del vehículo es donde se cuecen las historias, diálogos visionarios e incertidumbres que llevan al personaje principal a un destino incierto pero legitimado hacia la autodestrucción.
Éste es a grosso modo, el argumento aderezado de esta road-movie de Cronenberg.

Para el resto de los mortales, Cronenberg es sesudo, provocativo, mórbido, fragmentario, díficilmente digerible pero con una capacidad de persuasión propia de los grandes del cine. En cierto modo, es de sentido común, pues su obra explora, o mejor, flirtea con una estética explícita, pero a su vez intimista que hace que sus flashes deslumbren en la oscuridad, no en el momento, pero sí con el tiempo, con mucho tiempo.

La versión cinematográfica es igual de literaria pero despojada, sin piedad, de humanidad. Personajes neutros, sin alma, que odian lo razonable y que carecen de herramientas sociales. Sería muy fácil intuir que el poder siempre mira desde la barrera, desde La Gran Limusina Blanca que a modo de Leviatan enguye a todos por igual o quizás sería mejor pensar que las limusinas, éstas con minúsculas, no duermen, simplemente se aparcan en un garaje para que solos unos pocos, con nombres y apellidos, las disfruten. Con Cronenberg no hay certezas.
Ayer tuvimos la oportunidad de visionar Cosmópolis con algunos miembros de clubes de lectura de nuestra Biblioteca. Una vez terminada, los rostros reflejaban cansancio, desasosiego, y costó concretar algunas opiniones contradictorias, pero que, tirando de la madeja, fueron convirtiéndose en una valoración positiva. Curiosidades y logros de los clubes de lectura.
En definitiva, una película mediocre, en la zaga de las últimas del director canadiense, pero no por ello, menos interesante.
Biblioteca Insular
lunes, marzo 04, 2013
martes, febrero 26, 2013
martes, enero 08, 2013
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